Sergio peq 3-1

Porque le aburre. Porque le somete y no encuentra ningún motivo que le compense del esfuerzo. Y porque quiere expresarse libremente ahora que ha reparado en que la escritura es también una forma de lenguaje.
Generalmente, en las primeras etapas del aprendizaje el niño acepta la tarea caligráfica porque aún no instrumentaliza la escritura, sólo dibuja miméticamente y se crece en la mejora de la imagen. Pero cuando esos signos adquieren un sentido, cuando se corresponden con la idea y con el habla, no son sus formas lo que más importa, sino su función.
El afán por la perfección se pierde progresivamente según va desarrollando la capacidad de comunicación. Ya no necesita ni desea repetir una frase sin sentido; ya no tiene que reproducir formas o dibujar signos sin contenido cuando por su mente fluyen pensamientos que puede expresar por escrito.
Y a esto añadamos la imposición de asimilar símbolos ajenos, ritmos, velocidades, tamaños y “floreos” con los que no se identifica.
Una editorial, la que corresponda, elabora y edita una caligrafía y decide que su modelo escritural es exactamente el que los niños deben asumir y su criterio se impone en el pupitre de aquellos que, tal vez, no lo hubieran elegido.
Si el menor decide no hacer caligrafía porque así lo ha decidido y se ve obligado, puede ocurrir que la haga con desgana, mal trazada, sólo tras regañinas o simplemente, que no la haga.
¿Quién se pregunta acerca de su relación con la tarea? ¿Qué solución se encuentra? Pues si lo hace mal, que haga más. Si se revela contra la tarea, que haga más. Terminamos de resolver el conflicto castigando a escribir y así la asociación será definitiva.
El niño madura, aprende a pensar por sí solo y a expresar lo que piensa. Igual que no se le impone el tono, el timbre, la velocidad o los ritmos al hablar, sino que se corrigen, se liman y perfeccionan los que su naturaleza ha aportado, lo mismo deberíamos hacer con su otro medio de expresión: su letra.
Alguna vez, algún profesor (léase cualquier persona que intervenga en el proceso de aprendizaje) observa y dice “Vale, haz la letra que te guste, con la que te encuentres cómodo, pero ¡cuidado! no te voy a permitir que no se pueda leer, que tenga tachones o suciedad, que esté mal trazada, que unas sean más grandes que otras o que estén mal distribuidas en la hoja…” Hay una normas mínimas, pues que las acate. Y ahora que repita, que cambie el texto o que escriba un libro…
Claro, este profesor tiene un trabajo extra. Tendrá que admitir la individualidad, aunque si lo piensa bien, las normas serán las mismas para todos. No es tan difícil.
Si un niño quiere escribir y rechaza la caligrafía, pero cuando lo hace libremente su letra se lee y tiene “personalidad”, no frenemos el avance que su mente impone.

Mª Teresa García Navarrete
Directora del Instituto de Estudios Psicografológicos
y del Instituto IDAUMA