En escritura infantil

¿Te has dado cuenta que si colocas los mil bolis que tienes por orden alfabético según el logo que publicitan, podrías prescindir de las páginas amarillas?

Curioso antagonismo: según vamos acumulando bolis, menos los utilizamos.

Siglos ha tardado la humanidad en hacer extensivo el privilegio de la escritura, al menos, en el mundo “civilizado”, y poco le ha llevado perderlo.

El analfabetismo cubría una extensa capa sobre nuestros abuelos o, tal vez, bisabuelos, que se levantó magistralmente a nuestro paso, siendo que cuando la escritura estuvo al alcance de todos, se orquestaron un cúmulo de circunstancias para dar lugar al mayor y más rápido proceso antidestreza de la historia.

Enviábamos cartas al ausente, cogíamos o copiábamos apuntes, la lista de la compra, pasábamos clandestinas notitas en clase, hacíamos chuletas, mandábamos postales desde París… el boli trabajaba, ya lo creo. ¡Incluso se acababa la tinta! Azul sí, pero de triste nada.

Ahora móvil, internet, fotocopiadora, exámenes test, fax, agenda electrónica… ¡Cuánto hemos avanzado! Entre la tecnología y la picaresca, los bolis de reliquia. ¡Hasta las chuletas se compran o se heredan de un año para otro!

Escribe, caramba. No formes parte de esa legión que confiesa con cierta ufanía que se le ha olvidado cómo se coge el boli, como si de un grado de superioridad intelectual se tratara.

Es fácil. Se apoya en el dedo corazón y se hace pinza con las yemas del pulgar y el índice. Con naturalidad, sin peligrosas contorsiones de los dedos, la muñeca y la boca. Cógele cariño y ten uno siempre a mano, puedes necesitarlo en momentos de crisis.

¡Pobre boli! El creía que estaba diseñado para activar la imaginación, crear lenguaje y transmitir ideas y sentimientos, y se ha quedado como soporte publicitario.

Si has llegado hasta aquí y no te das por aludido ¡que bien! No sólo lees. Hay esperanza.

Mª Teresa García Navarrete
Directora del Instituto de Estudios Psicografológicos
y del Instituto IDAUMA