Propina Por azares del destino asistí hace muchos años a un curso de técnicas de ventas que impartía un militar jubilado (¿) que, para más mezclas, se llamaba Cirujano.
Nos contó una anécdota cuya moraleja, (nunca supe si era la pretendida o la que yo adapté a mi incipiente entendimiento), me ha acompañado toda la vida.
Relataba que años atrás (quizá en la España de los años 30) paseaba por las calles de Madrid con un amigo, cuando encontraron a dos señoritas conocidas que aceptaron una cortés invitación a cenar, lo cual tenía mucho mérito si de verdad lo eran.
Seleccionaron un buen restaurante, porque podían permitírselo, y cenaron acorde a la situación.
En el momento de satisfacer la minuta, Cirujano expresó a su amigo la esperanza de que él llevara dinero, pues descubrió aterrado que había olvidado la cartera. El otro estaba pensando exactamente lo mismo. Otro azar del destino, porque ambos tenían cartera.
Mi profesor se levantó, se dirigió al propietario del local y le puso en antecedentes de la situación, quien con la caballerosidad digna del mejor empresario, le tranquilizó mostrando su confianza en recuperar sus 185 pesetas al día siguiente sin más problemas.
Volvió aliviado con sus amigos y continuó la charla con el talante de quien viene de resolver un asunto importante.
Transcurridos dos o tres minutos el camarero dejó sobre la mesa un platito con la cuenta y 15 pesetas. Dijo: “Gracias señor” y éste le contestó: “De nada. Quédese con el cambio. Y dígale, por favor, a su jefe que no olvidaremos esta excelente cena”.
Ahora se abre el foro. Que cada cual elija su rol y dé lectura a la situación.
Eliminamos a las señoritas, al amigo y al camarero porque dan poco juego, y nos quedamos dentro de las cabezas de los dos negociadores.
Primero con el jefe, que es el héroe. ¿Qué pensó?
– “Ya me han tomado el pelo otra vez”.
– “Voy a darle las 15 pesetas, y si las coge le “echo el guante”, las distinguidas damas lavarán los platos y los apuestos caballeros pasarán el mocho”.
O tal vez tuvo espíritu empresarial e inventó lo que hoy se conoce como promoción. Yo creo que lanzó una moneda al aire y vio la cara y la cruz mientras bajaba:
– “Si me ha estafado el señorito, estafado me voy a quedar, porque aunque vomiten no recupero lo perdido…
– “si es cierto lo que me cuenta, puedo ganar dos clientes fieles (y obligados por la cortesía) y una anécdota que me honra como persona confiada, acredita mi solvente economía y me consolida como ingenioso publicista por el módico riesgo añadido de 15 pelas más
Cirujano cumplió. Pagó las 200 debidas. Volvió más noches. Siempre dejó buena propina y relató la historia en tantos cursos como impartió.
Aquel excelente vendedor pudo, efectivamente, haber hecho el ridículo, pero lo hubiera hecho con muchísima elegancia.
¡Ah! Y no pienses que eran otros tiempos. Truhanes hubo siempre, y señores también. Y señores que se olvidan la cartera, y las llaves, y el móvil, también. Y buenos comerciantes que saben leer en la mirada de sus clientes ¿también?

Mª Teresa García Navarrete
Directora de AUDES Formación