Recién licenciada y debido a la “originalidad” de mi especialidad, fui invitada como ponente en un congreso nacional. No podía creerlo. Codo con codo con mis profesores. Yo, ahora, de colega.
Me puse mis mejores galas físicas, psíquicas, intelectuales y profesionales, y me senté donde correspondía: con la élite. Con quienes, para mí entonces, sabían más que nadie. A mi derecha “el de Aprendizaje“, justo delante de mí el canario que nos daba “Terapia de Grupo“, y junto a él los demás sabios.
Nunca he podido recordar cual era el tema que en aquel momento se exponía. Está claro que no me interesaba lo suficiente como para desconcentrarme de la ardua ocupación de reconocer a mis vecinos, aunque ninguno de ellos reparara en mi presencia.
Tampoco recuerdo en qué momento, un manifiesto intelectual que se encontraba en la octava, novena fila o más (ojo al dato: yo estaba en la SEGUNDA), acometió una disertación larga, profunda, afianzada, técnica y tan peculiar que acaparó la atención del aforo con un magnetismo nunca observado por mí.
Unos le miraban de forma directa, con los ojos muy abiertos y respirando por la boca. Otros bajaron la cabeza y en actitud meditativa parecían reflexionar en profundo trance. Yo hice primero una cosa y después la otra.

impresionarEscuché y atendí cuanto pude. Reconocía y entendía las palabras, porque hablaba en mi idioma, pero no podía comprender el mensaje. Había escuchado antes esos términos pero no con semejante combinación. Vamos, que no entendía una sola frase completa.
Mencionó personajes en los que nunca había reparado. Referenció teorías y paradigmas, expuso experiencias científicas y argumentó en aquel estricto y eterno silencio mientras aquella chica de la segunda fila pensaba: “No tengo ni idea. Claro, si no estudio más, no estoy al día. ¿Qué dice? ¿De qué habla?. Todo el mundo le escucha con la boca abierta, debe ser un erudito…
Iba resbalando en la butaca, empequeñeciendo mi cuerpo, mi autoestima, mi orgullo de estar donde estaba, tomando conciencia de mis carencias y castigando mi ego hasta llegar a abstraerme totalmente de cuanto me rodeaba.
De pronto, se alzó una voz que con tono contundente pero sereno emitió uno de los pensamientos más oportuno y admirado jamás escuchado,: “Perdóname, fulanito, pero no entiendo nada, absolutamente nada de lo que estás diciendo. No he oido esas teorías ni esos teóricos, no conozco los datos que estás aportando y soy incapaz de organizar las palabras que emites” o algo parecido a esto.
Era el presidente del evento.
En ese momento explotó la sala. Unos reían, otros hablaban compulsivamente, otros estiraban todos sus músculos, todos nos enderezamos en las butacas y pareció que nos quitaran un atenazante corsé, incluyendo, por supuesto, los de la primera fila.
Aquello era un gallinero y todos cacareábamos. El alivio era excitante y la recuperación del autoconcepto un elixir; pero allí sólo había uno que sabía de veras, el que se atrevió a decir que no se enteraba de nada.
Cuando el erudito se calló y volvió la calma, elaboré dos conclusiones que me han acompañado siempre. Una como docente: sólo sirve la sabiduría que se sabe transmitir. Y la otra como alumna: hay que ser muy necio para admirar a quienes hablan sólo para impresionar.
Cuando haces que algo parezca fácil no causas ningún efecto, pero permites que los demás aprendan.

Mª Teresa García Navarrete
Directora de AUDES Formación