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Autoconcepto Mª Teresa García Navarrete

Ponencia extraída de la publicación de las
"IV Jornadas de Divulgación de la Grafología"
presentada por Mª Teresa García Navarrete.

Son muchas las personas que se acercan a la Grafología, u otras técnicas de investigación de la personalidad, con la esperanza de encontrar un sistema que les proporcione una información sobre sí mismo, sin intervención de un tercero.

Esta es una empresa difícil que sólo abordan quienes no conocen la fuerte presión que ejerce la autoestima sobre el intelecto.

La Grafología es un Test Proyectivo, por lo tanto se basa en una interpretación de rasgos científicamente objetivables, pero en la práctica susceptibles de modificaciones subjetivas, máxime cuando en primera persona se tratan, no sólo en cuanto a su interpretación, sino también en el momento de confeccionar el material de prueba, en este caso, la escritura.

Tal vez, nunca se encuentre una técnica proyectiva (en contra de las psicométricas que arrojan datos numéricos y por tanto mensurables), que permita llegar al auto-conocimiento, si es que éste realmente existe, porque sea como fuese, cuanto más experto se es en la interpretación, más expuesto se está a que los datos a interpretar sean modificados en virtud de lo que se desea encontrar, porque lo que sí existe, sin duda de ningún tipo y sin excepción, es el auto-concepto: la idea que cada persona se hace sobre sí mismo; lo que cada cual ve cuando se mira o lo que siente cuando se piensa.

La investigación de uno mismo llevada a cabo por uno mismo, aún de forma sistemática y ordenada, o recurriendo a procedimientos y técnicas perfectamente aceptables para el estudio de otras personas, sigue siendo un tronco grueso con demasiadas ramas para irse por ellas.

Y cada uno de estos ramales representarán una desviación de la línea a seguir; supondrá la lógica tendencia a buscar aquello que se quiere confirmar con respecto a lo positivo y a descartar aquello que no se acepta de uno mismo.

Se ha encontrado poca documentación teórica sobre el auto-conocimiento o sobre el auto-concepto, pero menos aún a cerca de experiencias personales llevadas a cabo con cierta fiabilidad.

A pesar de su extensa obra, Freud no se dedica demasiado al tema del autoanálisis, pero sí arroja algún dato sobre su propia experiencia, confirmando con sus anotaciones la dificultad que conlleva y mostrando serias reservas a cerca de su viabilidad.

En uno de sus escritos dirigidos a FLIESS se expresa así: “Mi auto-análisis ha quedado interrumpido. Ahora comprendo el porqué: sólo puedo analizarme a mí mismo valiéndome de conocimientos objetivamente adquiridos (como lo haría un extraño)”.

Y más tarde añade algo que ofrece una idea digna de un planteamiento profundo y a la vez comprometido: “Un auténtico auto-análisis es imposible; de no ser así, no existiría la enfermedad” y puesto que “…ningún psicoanalista puede ir más allá de lo que le permiten sus propios complejos y resistencias interiores…”, llega incluso a considerar el empeño por el auto-análisis, como una forma no aceptada de resistencia al auténtico análisis, aunque se argumente la capacidad u objetividad para aplicar unos conocimientos científicos sobre uno mismo.

Estas afirmaciones, duras pero reales, abundan en la idea de las limitaciones que suponen los mecanismos de defensa para que la persona se pueda observar a sí misma como si lo hiciera desde el exterior.

Estos mecanismos están a nuestro “servicio” mediante diversos procesos y con diversos fines, actuando de forma continua, hasta el extremo de que dificultan su propia aceptación.

Está descrito que mediante:

  • la “proyección” se expulsa fuera de sí y se aplican a otras personas (y en ocasiones objetos), cualidades, sentimientos, deseos o defectos de uno mismo y que en alguna medida no son aceptados, como críticos observadores de las características de los demás que rechazamos en nosotros mismos.
  • la “formación reactiva”, se adquieren actitudes o hábitos de sentido opuesto a un deseo reprimido, a modo de reacción contra él, por lo que, en ocasiones, podemos interpretar una aversión extremada a algo, como su deseo reprimido o como un temor de ser objeto de ello.
  • la “anulación retroactiva”, el sujeto se esfuerza en actuar como si algo acaecido con anterioridad no fuera real, llegando a utilizar expresiones y comportamientos con significación contraria.
  • la “introyección”, la persona recoge para sí cualidades inherentes a otros sujetos, mediante un mecanismo opuesto a la proyección.

Y ante la imposibilidad de controlar todos estos y otros mecanismos inconscientes, Freud descartó la validez del auto-análisis de forma científica, puesto que sólo llevaría a reforzar el auto-concepto.

El autoconcepto, en cambio, no exige objetividad ni ciencia. Este es siempre posible, es indisoluble de la personalidad, llegando a formarla como sustrato básico. Cierto es que esta forma de considerarse a uno mismo puede ser real o equivocada, puede ser positiva o negativa, puede ser justa o injusta… pero está ahí y sobre ella se puede investigar y deducir importantes características de una personalidad, puesto que lo que pretende no es la realidad, sino simplemente lo que de ella se aprecia.

Carl Rogers (1902-1987) desarrolla sus investigaciones centrándose, esencialmente, en el concepto que se tiene de uno mismo como núcleo de la personalidad: en la valoración y aceptación de las propias cualidades y defectos para poder encontrar un “yo real”.

Para Rogers, el auto-concepto estaría en función de dos circunstancias:

  • La consideración que el ambiente que nos rodea nos muestre a través de sus expresiones de afecto, aceptación, crítica, etc…
  • La “congruencia” entre como se desea ser y la impresión que se tiene de sí mismo.

De forma que, el buen auto-concepto dependería del reconocimiento social que la persona capta en su entorno y del acercamiento entre las propias expectativas sobre uno mismo y los consecuentes logros personales.

Procede ahora plantearnos cuantas veces es esto posible y durante cuanto tiempo; cuantas veces es real o cuantas simplemente deseable. Posiblemente Adler nos hiciera recapacitar sobre ese imprescindible “sentimiento de inferioridad” o “desventaja”, que toda persona necesita como impulsor para superarse de forma que, no se podría aceptar ese buen auto-concepto como un estado ideal, en el que la persona se recree con una suma y definitiva aceptación de uno mismo.

Sin embargo, tampoco se podría entender una auto-superación que no se apoye en la auto-estima, como deja muy claro Abraham H. Maslow (1908-1970), en su “Teoría de la auto-actualización” cuando habla de la necesidad básica del auto-respeto, como si la trayectoria de una personalidad que busca lo positivo, fuese una escalera en la que una vez superado el peldaño básico que supone la cobertura de las necesidades primarias, sólo se pudiese ascender respetando la jerarquía que supone la auto-estima sobre el respeto a uno mismo y así sucesivamente.

De una forma bastante teórica y subjetiva, incluso criticada por su falta de rigor científico, Maslow, se permitió identificar a un número de personas privilegiadas, según su estudio, por el don de la auto-realización y por haber alcanzado plenamente su potencial intelectual y humano. Entre ellas se encontraban Einstein, Beethoven, Abraham Lincoln o Eleanor Roosevelt y a todas ellas les aplicó un compendio de características comunes y que les diferenciaban, en su conjunto, del resto de las personas.

A modo de esquema, serían principalmente las siguientes:

  • Visión realista ante la vida.
  • Aceptación de uno mismo y del entorno.
  • Espontaneidad, libertad de expresión.
  • Resolución ante los problemas.
  • Necesidad de intimidad. Distanciamiento.
  • Independencia.
  • Huida del estereotipado.
  • Espiritualidad.
  • Identificación con la raza humana.
  • Relaciones profundamente amorosas.
  • Valores democráticos.
  • Habilidad para separar medios y fines.
  • Sentido del humor vivo.
  • Creatividad.
  • Habilidad para alzarse por encima del ambiente más que para ajustarse a él.

En efecto, tal vez sólo tenga un valor empírico y no sea más que un listado personalizado que responde a una valiosa opinión, de un gran estudioso que se caracterizó, al igual que Rogers, por trabajar las cualidades humanas positivas, desarrollando la “Psicología humanista” cuyo fundamento de análisis es el sujeto sano y su avance personal en virtud de sus propias cualidades.

Pocas corrientes psicológicas han abundado en este tema, posiblemente hasta la actualidad, cuando la práctica de la consulta diaria o simplemente observando a nuestro alrededor, queda patente la necesidad de auto-estima que prácticamente todo el mundo está reclamando.

Aunque también observaremos los muy diferentes aspectos bajo los que se puede presentar, ya que igual se aprecia el auto-castigo oculto tras la depresión o estados visibles de disminución de cualidades o capacidades, como se puede ver el mecanismo de compensación de aquellos que proclaman su auto-confianza, su auto-suficiencia y su capacidad de éxito, procurando que su postura no deje de manifiesto el sentimiento totalmente contrario que en realidad se vive.

Son posturas contrarias y extremas, pero frecuentemente observadas, sin que la mayoría se las veces, si no es mediante un análisis profundo, se puede precisar su realidad.

Frecuentemente se escucha que algunos jóvenes emprenden careras como la Psicología u otras disciplinas afines, más por encontrar algo de ellos mismos a través de sus técnicas, que por la ciencia en sí o por sus posibles aplicaciones sobre los demás.

Lo mismo se aprecia entre las personas que se acercan al aprendizaje de la Grafología. Muchos buscan un sistema sólo para sí, con la convicción de que servirá para perfeccionarse en lo bueno y corregirse en lo negativo.

Sin embargo, no es esta una verdad absoluta. Mas bien se busca el anonimato, la soledad en el enfrentamiento con uno mismo, ante el temor de que algo que desagrada, y que realmente se conoce pueda quedar plasmado en alguna manifestación inconsciente, pero visible ante otros.

Recordamos que la Psicografología nos permite investigar mediante técnicas proyectivas, a cerca de la personalidad en ilimitados campos comportamentales, intelectuales o volitivos, a través de la interpretación de unos rasgos escritos que se entienden como individuales y personalizados.

Es, por tanto, aparentemente fácil escribir y después interpretar, pero sólo para quien consiga desprenderse del auto-concepto, quien logre aislar los mecanismos de defensa y trabajar a un nivel totalmente consciente y objetivo, lo que es sinónimo prácticamente de la imposibilidad.

Lo que sí es viable y seguro es cumplir sólo con la primera parte: escribir y dejar que otra persona se emplee a fondo e investigue de forma objetiva y hasta es posible que nuestro auto-concepto se vea mejorado el desprenderse de las auto-interferencias.

¿Cuáles serían los rasgos gráficos relacionados con el amplio abanico que nos ofrece el término auto-concepto?

Podríamos establecer una línea general de interpretación, tan sencilla que podría aplicarse como básica en cualquier técnica de investigación: la escritura es un movimiento de inscripción y a la vez de progresión; con respecto al primero se definirán algunos elementos interpretativos más adelante, pero en el segundo encontramos el término clave que definirá los diferentes estados en que puede encontrarse el auto-concepto: exactamente en la progresión o retracción de la escritura.

El término progresión, grafológicamente hablando, es sinónimo de avance y éste lo es de seguridad, de forma que una escritura que se “mueve” con diligencia y firmeza, en la dirección que marca la propia inercia de la mano, ofrece los primeros datos acerca del auto-concepto de su autor.

Los principales elementos gráficos relacionados con la seguridad en uno mismo son:

  • Visión de conjunto de la página ampliamente distribuida, puesto que en Grafología el papel representa el espacio y el escrito es la actividad que se ejerce en ese espacio. Así pues, se moverá en libertad quien distienda y desarrolle su escritura en libertad.
  • Legibilidad de trazos, que muestra la transparencia de sentimientos e intenciones, la asunción de los propios actos y el no temor a que sean juzgados.
  • Agilidad de ejecución, de forma constante, sin titubeos o indecisiones.
  • Tamaño grande y uniforme, desde el principio hasta el final, manteniendo la energía a lo largo del escrito.
  • Presión enérgica, continuada, limpia y sin tachaduras que responderían a equívocos o indecisiones.
  • Dirección de líneas recto o ligeramente ascendente, que marcan el “andador” de la actividad mirando al frente.
  • Firmas personalizadas, legibles, amplias, con poca rúbrica, centradas y con las cuales se sienta identificado su autor.

De forma aislada, todos son elementos posibles; la dificultad está en encontrarlos al unísono en un mismo escrito. Se trata de un conjunto de circunstancias gráficas que dan personalidad a una escritura de una forma instantánea en su globalidad y sin requerir un estudio pausado.

Una vez determinadas estas cualidades globales, se podrá profundizar en otras características de personalidad más puntuales como podrán ser:

  • EL ORGULLO: término polivalente del que cada cual tiene diferente concepto, en función de la información educativa que de él se haya recibido. Desde un punto de vista psicológico, es una cualidad imprescindible para que exista la auto-estima y el auto-reconocimiento, siempre que no implique la despectividad y la falsa apreciación de cualidades y sea atendida en términos de auto-satisfacción por lo que uno hace, piensa, siente, etc…
    Efectivamente, habría una acepción negativa del término, cuando en lugar de ser entendido como virtud se hace sinónimo de altivez o engreimiento, que lo transforma consecuentemente en una incorrecta o equívoca forma de auto-valorarse.
    El orgullo positivo deja también huella en la escritura, cuando además de los elementos descritos aparece:
    • la escritura sobrealzada (o más alta que ancha, con pies y crestas desarrolladas). Pero es preciso puntualizar, que si además de sobrealzada fuese comprimida o apretada (elemento contrario a los que se aplicaron a la seguridad en uno mismo), perdería su valor, puesto que orgullo más inseguridad dan un resultado claramente negativo.
    • la inclinación verticalizada, que indica rectitud, predominio cerebral y auto-disciplina.
    • el primer arco de la letra “M” mayúscula más desarrollado que los dos siguientes. Este arco está representando el “YO”, por lo que tiene que dejar constancia de su superioridad.
    • las letras de la firma de mayor tamaño que las letras del texto, marcando el contraste del auto-concepto íntimo (representado en la firma), con respecto al auto-concepto social (representado en el texto.

  • LA SENCILLEZ, como equivalente de comportamiento natural y espontáneo, propio de quien no necesita llamar la atención para ser atendido o quien no necesita imponerse para ser respetado.
    Se apreciará principalmente en:
    • la sobriedad de formas, la huida de los elementos complejos, extravagantes y complicados.
    • los elementos que muestran la facilidad para comunicar de forma libre con el exterior como puedan ser las guirnaldas (letras “m” y “n” minúsculas abiertas por su zona superior) o los óvalos (letras “o” y “a”) relativamente abiertos hacia arriba o la derecha, etc…

  • LA BONDAD, como voluntad consciente hacia el bien, a través del respeto y la consideración de los demás.
    Para determinar su presencia, se podrán añadir rasgos como:
    • la tendencia a la escritura curva (sin movimientos angulosos, aristas marcadas, ganchos o arpones), donde los trazos se muevan con suavidad, sin olvidar que un requisito imprescindible es la diligencia y distensión que marca la progresión.
    • las señales de orden, como la correcta distribución de espacios o el equilibrio de líneas.
    • la armonía de trazado, la regularidad y proporciones, que además serán elementos de sinceridad, cualidad sólo alcanzable con un alto nivel de seguridad en uno mismo.

  • LA LUCIDEZ, o correcta visión del entorno, de forma clara y sin interferencias subjetivas que mermen el razonamiento.
    Se observará en elementos ya descritos como la correcta distribución de la página, la inclinación constante o la legibilidad y en otros de carácter intelectual como puedan ser: las simplificaciones, letras realizadas con un mínimo recorrido sin perder legibilidad, los ligados anormales altos (movimientos de unión de trazos por zona superior) o el predominio de presión en los trazos verticales con respecto a los horizontales.

 

En estas dos escrituras sobrealzadas de un mismo autor, se aprecia la diferencia que establece el grado de compresión de las letras entre sí. En el primer ejemplo existe un movimiento progresivo y distendido que muestra seguridad y diligencia. En el segundo ejemplo, aparece una escritura más crispada, arrogante e insegura.

Escritura sobrealzada, ampliamente distribuida y con cierto grado de extensión.

Escritura sobrealzada, ampliamente distribuida
y con cierto grado de extensión.

Escritura sobrealzada, comprimida y estrecha.

Escritura sobrealzada, comprimida y estrecha.

 

LETRA “M” MAYÚSCULA

Desproporción de tamaño del primer arco con respecto al siguiente o siguientes.

Primer arco mayor:
superioridad del YO
Primer arco menor:
inferioridad del YO

 

GIRNALDAS

ARCADAS

 

Óvalos abiertos
Óvalos cerrados

 

Escritura ágil, dinámica y distendida

   Simplificaciones
   Ligados anormales altos

 

Escritura con rasgos curvos (redondos),
muy suavizados y gran amplitud..

 

Escritura angulosa, dura, cargada de aristas.

 

Y hasta aquí queda expuesta la visión positiva. Hemos determinado elementos proyectados desde estados de seguridad y afianzamiento en uno mismo, que muestran la mejor faceta del auto-concepto.

Pero, por supuesto, es incompleta, o al menos, parcial. La otra cara, desafortunadamente harto frecuente, es la de la baja autoestima, representada de forma multipolar y multivariada.

Es inevitable comenzar por los denominados SENTIMIENTOS O COMPLEJOS DE INFERIORIDAD, por esos estados de carácter deprimente, que se manifiestan a través de la inseguridad, del temor, la indecisión, la falta de determinación o seguridad y los múltiples síntomas de angustia o ansiedad que aparecen entre el objeto desencadenante de ese sentimiento de menoscabo o desventaja con respecto a los demás.

Aunque proceden de la infancia, están fuertemente arraigados en la persona y, en mayor o menor medida, la condicionan, e incluso imposibilitan para su normal desarrollo social, personal, afectivo, profesional, etc…

Esta inferioridad hace “sentir” negativamente sobre sí mismo, disminuyendo o deteriorando, evidentemente el auto-concepto.

La diferencia individual, sin embargo, estará marcada por la forma en que la persona transmita su sentimiento hacia el exterior.

Unos sacan partido de su propia inferioridad, utilizándola como impulsor para la superación. Por supuesto, ésta situación no corresponde con una inferioridad real, sino con estados puntuales de inferioridad en personalidades con una auto-estima básica.

Otros, aceptan este sentimiento mostrando su sumisión ante él. Se trata de las personas que reconocen constante y públicamente sus deficiencias, sus incapacidades y sus miedos. ¿Por necesidad de reconocimiento social? No, porque el entorno no ve lo que no hay, y menos la ausencia avisada. ¿Por necesidad de halago? Posiblemente, pero aunque éste se dé la persona lo reconoce como ficticio y no aporta nada positivo. ¿Por necesidad de que se contrarreste mediante la exposición de virtudes? Es lo más probable. Pero sea como sea, siempre se manifiesta desde la negación o la desventaja.

Es fácil detectar esta situación en la escritura. Ya sea a través de los elementos que podríamos llamar antagonistas de los que se describieron genéricamente, ya sea mediante rasgos concretos y delatores de este sentimiento.

Así pueden aparecer:

  • Letras apretadas, comprimidas entre sí, que marcan la falta de libertad en el movimiento de progresión. La “estrechez” en la escritura ofrece una imagen muy representativa, especialmente si se acompaña de palabras inacabadas o con sus últimos trazos en contra de la inercia de la mano (finales regresivos), así como de un gran margen derecho (que simboliza el porvenir) y un pequeño margen izquierdo (que simboliza el devenir).

  • Firmas con características de regresión y/o no aceptación como por ejemplo:
    • Estrechas, comprimidas.
    • Con un tamaño menor a las letras del texto.
    • Ilegibles intencionalmente.
    • Sin nombre, sólo rúbrica.
    • Con líneas sobre el nombre a modo de tachaduras o autocensuras. - Rúbricas envolventes que dejan dentro de sí de forma hermética, impenetrable e inaccesible, un nombre que está representando al “Yo”. - Ubicadas siempre a la izquierda.

  • Letra “M” mayúscula con el primer arco (recordamos que también representa al “Yo” seguido de “los demás”) menos desarrollado que él o los siguientes.

  • Bolsas o pasillos (espacios en blanco dentro del escrito sin justificación) a modo de “burbujas flotantes” dentro de la actividad que representa la escritura y que están relacionados con estados de angustia o ansiedad que posiblemente estén provocando estos sentimientos de baja estima.

Hay otra faceta, quizás no tan obviable, del bajo auto-concepto que se manifiesta a través de la llamada VANIDAD o necesidad que tiene la persona de causar siempre un efecto sensacionalista y cautivador en los demás, precisando su atención, halago, confirmación y aprobación y de los cuales no puede prescindir, cayendo en estados de depresión o “simplemente” adoptando esa característica postura de “mal humor”.

El vanidoso no es aquel que acepta el halago, ni el que agradece la aprobación y reconocimiento placenteramente, ni el que gana seguridad cuando se gratifica su labor. Es el que “necesita” todo esto, y no reparará en esfuerzo para conseguirlo.

Así pues, se entiende, que la vanidad es sencillamente un derivado o manifestación exterior del sentimiento de inferioridad, que se presenta, como se apuntó, bajo comportamientos contrarios a los anteriores, donde el sujeto aparecía comprimido o escondido.

La vanidad hace a la persona arrogante y presuntuosa, incluso impertinente, por lo que su escritura también mostrará estos fenómenos a través de un extraño cóctel formado con elementos de inseguridad (retracción), inferioridad (desplazamiento) y necesidad de llamar la atención, como puedan ser:

  • Los rasgos artificiosos, complicados o extravagantes, que buscan formas extrañas como identificadores de una personalidad “especial”. La elaboración de estos rasgos requiere más trazo y por tanto quita agilidad y progresión, elementos, como se sabe, de seguridad.

  • Grandes inflados o volutas, mediante amplias curvas que rozan entre sí.

  • Firmas con grandes rúbricas, casi siempre envolventes, que invaden incluso el texto a pesar de encontrarse a cierta distancia de él. Frecuentemente, en el interior de estas ampulosas rúbricas, aparece una firma estrecha o de escaso tamaño, simbolizando un “Yo” escondido tras una aureola que protege y al tiempo engalana.
Quizás sea, la del vanidoso, la personalidad que más se engaña a sí mismo. Siente que si los demás le califican y aprueban, habrá razones para ello, pero esto se lo tienen que decir a sí mismos en “voz alta”, porque el enfrentamiento con el verdadero sentimiento puede ser intolerable.

Esta situación es una continua merma del auto-concepto, que da lugar a conflictos que muchas veces requieren un tratamiento severo.

Así se podría ir abordando fenómenos de personalidad con diferente cariz pero relacionados entre sí en algunas de sus facetas, y que disponen de su proyección grafológica correspondiente. Sin embargo, la exposición de todos ellos nos mezclaría irremediablemente en la amalgama lógica de toda personalidad, desviándonos del tema base propuesto.

Podríamos ir sumando situaciones y rasgos gráficos que se combinarán y se reforzarán entre sí de forma variable, facultando al grafólogo para determinar los elementos de personalidad que, aunque aparezcan de forma independiente, se mueven dentro de un todo coherente.

La Grafología, como hemos observado, no sólo ofrece una idea genérica sobre estados globales, sino que permite definir y calibrar gran cantidad de cualidades e incluso las posibles relaciones que entre ellas hubiera, porque lo importante no es la conclusión sino todo lo que la rodea, su origen, sus matices o sus consecuencias.

Dejaremos el tema inacabado. Hemos hablado del posible o imposible auto-conocimiento, de la auto-estima o del auto-concepto y dejamos abiertas al diálogo cuestiones como:

  • ¿Es conveniente un auto-conocimiento real?

  • ¿Cuántas veces se consigue?

  • ¿Cuántas beneficia a la personalidad?

  • ¿Mejor asumir o rectificar?

  • ¿Es una posible terapia o un encuentro con una realidad que puede
    acarrear un conflicto?

  • ¿Es el auto-concepto la consecuencia del auto-conocimiento o viceversa?

  • Y … realmente: ¿Cuántas cosas sobre nosotros mismos nos quedan por conocer? Posiblemente muy pocas. Donde sí hay un camino para andar, es en su reconocimiento.

 


Mª Teresa García Navarrete
Directora del Instituto de Estudios Psicografológicos
y del Instituto IDAUMA

 

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