Hoy me dirijo a Vd. que se ha decidido por una firma ligera, de trazos escuetos, ágil y de poca envergadura; que prefiere no plasmar su nombre, representándolo o sustituyéndolo por unas líneas que, sin duda, realiza sin esfuerzo porque su escaso recorrido le permite firmar más y más deprisa.

Después me dirigiré a Vd. que complica los trazos de su firma sin escatimar tiempo ni esfuerzo, y más tarde, a Vd. que realiza una firma sencilla, con su nombre y poca rúbrica.

Entiendo, por supuesto,  que cuando es obligado realizar muchas firmas en poco tiempo, se hace necesario acortar el trazado, simplificando al máximo en pro de la celeridad.  Sin embargo, le sugiero que cuando esté realizando (posiblemente de forma automática) esas líneas informales, ágiles, despreocupadas, se detenga un momento y piense:

¿Cuántos ensayos necesitará alguien que lo pretenda para reproducir estos rasgos? ¿Y cuán hábil ha de ser?

¿Qué importancia tiene el contenido del documento que yo estoy rubricando y, por tanto, asumiendo?

¿Podré yo reconocer posteriormente mi firma ante otra igual no realizada por mí? ¿Y podrá el cajero del banco? ¿Y mi secretaria?… ¿Y un perito calígrafo podrá determinar si ésta es auténtica o falsa?

Es Vd. quien decide la importancia que tiene su firma, quien la diseña, establece libremente los simbolismos de cada trazo y quien tiene que identificarse con ella, porque su firma le identifica, le representa.  Cuando alguien la ve, “lee” o “reconoce” su sello, su nombre, su imagen, piensa en Vd. y le recuerda.

Y nosotros le recordamos que quien firma, asume lo rubricado, hasta el extremo de lo obligado.  Se trata de un “ente” con relevancia jurídica.

Y ahora, ¿sigue pensando que esas someras líneas son suficientes para tanto? O empieza a pensar que su firma se merece un poco más, como por ejemplo, su nombre.

Si su firma, por el contrario, nunca tiene fin, y se recrea realizando trazos, unos curvos, otros angulosos, otros que envuelven a los demás y por fin los que tapan a todos, tras unas elaboradas letras que quedaron ya perdidas (casi olvidadas) bajo esa “tela de araña”, ahora vamos a hablar de ella.

Posiblemente, ésta sea la firma que a Vd. le gusta realizar y sea producto de un razonamiento que le llevó exactamente a este diseño porque así lo decidió.  Pero, puede no ser así, y tal vez, con más o menos agrado, se encuentre atrapado dentro de ella sin saber muy bien como librarse de ese entramado de rasgos.

Sea como sea, no está demás conocer algo más sobre ella.  Piense que cuando Vd. escribe su nombre, está mostrando a su representante, luego… primero se concede el privilegio de “estar presente” y todo trazo que se incorpore después, se va aplicando sobre él, es decir, sobre Vd.

Así, puede tacharse (como si se autocensurase), envolverse (como si se protegiese), encuadrarse (como si se limitase), adornarse (como si se maquillase), subrayarse (como si se ensalzase), y quien sabe cuántas cosas más.  Pero ¿de cuántas ellas es Vd. consciente? ¡Caramba qué importancia tiene su firma!

Y, si su firma se realiza con un nombre claro y legible, con su personal estilo, por supuesto, donde puede identificarse su autor sin dificultad (porque se lee y porque no se tacha u oculta), ésta será quien le represente. ¿Algo de rúbrica?  Bien.  La rúbrica es un complemento que acompaña al nombre, donde éste pueda apoyarse y si no es demasiado amplia o complicada y, sobre todo, si no lo tacha, estaremos ante una firma libre que mucho nos dirá de su autor.